Remanentes de la Modernidad

Remanentes de la Modernidad se realizó en las instalaciones de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, en el taller Carlos Leduc Montaño con la gestión de Alamos Galería y Alterritorios y la instalación sonora de GM Art New Media

¿cómo una ruina se puede leer en la ciudad? por Verónica Rodríguez

El vestigio arquitectónico responde no solo a una ausencia concreta, es una posibilidad a la transición, a un futuro impreciso de expectativas humanas al albergar y contener un espacio. La propuesta de una ruina es decantar sus líneas, el espacio, la pérdida de detalles a la alteración que se realiza con el paso del tiempo en pro de un habitar y funcionalidad.
En nuestra actualidad, esta transición de derribo-ruina en edificaciones que fueron funcionales, dan lectura a posibilidades, nuevas formas cubren anteriores valores estéticos como una una sucesión inevitable, permanece solo cierto gusto identitario para luego solo borrar (cambiar)a otro paisaje a correspondencia.
Las ciudades como parte de este paisaje en expansión y mutación, dan testimonio del constante cambio en su territorio, no a manera de alteración, sino una convivencia estética, entre lo actual y lo anterior a manera de diálogo de estilos herederos productos de influencias externas e internas que responden al mero uso humano.

Parte de la obra de esta serie de pinturas, no responde a formas concretas estructurales, sino a constantes patrones de construcción en formas arquitectónicas de edificaciones vistas de perfil o frontal. A manera de ejercicio de observación y reflexión, el vestigio responde al cambio urbano de forma tendenciosa, un hueco, una mancha de nueva (modernas) arqueologías, casi especulativa presencia fugaz de un habitar reciente que ahora espectral se yergue  en muros vecinos, desnudo a la vista de curiosos, mostrando sus líneas que unieron pisos, habitaciones, cuartos en habitares humanos conocidos.


Remanentes de la Modernidad

La ruina tiene dos lados: el pasado y el presente. La pintura posee dos orillas: la imagen y el observante. El entrecruce de puntos: memoria, contexto, pintura, mirada, provoca la perspectiva, la fuga por la cual la arquitectura prevalece como vestigio y archivo tangible del relato. A la pregunta del por qué debe pintarse una fotografía, le responde otro cuestionamiento: ¿no es acaso la imagen pictórica la última capa geológica del momento que transcurrimos todos? La pintura reactiva el recorte fotográfico, lo conduce a ser instantánea del multiverso incomprobable del ensueño. La obsesiva técnica de Verónica Rodríguez cierra el circuito que proviene del letargo apagado de los restos de aquella otrora obsesiva construcción: planos y excavaciones, levantamientos e instalaciones, circulaciones y acabados, habilitaciones y habitabilidades, de los cuales resiste únicamente la fortaleza del esqueleto. Lo que queda de otros tiempos, lo que sobra de un entero, lo que sigue sucediendo, -pese a ser ya el olvido de sí mismo-, es la paradoja exacta de la pintura que vemos. El retrato de lo inerte, naturaleza muerta a escala monumental, monolítica.

Fernando Carabajal

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